RESEÑA

Luis Moreno Villamediana

Eyra Harbar

Jairo Rojas Rojas

La O ensordecedora y quieta

Por Luis Moreno Villamediana

Venezuela

El primer libro de Jairo Rojas Rojas es, en cierta forma, una lectura contaminada de Rimbaud. El título, La O azul (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello: Caracas, 2013), podría hacernos creer que alude al soneto “Vocales”, donde se hace la descripción de esas letras a partir de la sinestesia; allí, a la O le corresponde ser el “supremo Clarín lleno de extrañas estridencias”. Aunque el libro de Rojas contiene, ciertamente, una revisión del ritmo verbal (que a veces se muestra perturbador, como si rehusara acomodarse a la idea de belleza previsible), creo que la referencia al poeta francés se vincula con la visión retrospectiva que se halla en Una temporada en el infierno. En la parte llamada “Delirios II”, en la legendaria sección “Alquimia del verbo”, Rimbaud recapitula la historia de su anterior locura; dice: “yo creía en todos los encantamientos”, y pasa a confesar que él inventó los colores de las vocales: “A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde”. Lo que se lee en esas páginas es una especie de rectificación del pasado, desde una postura algo utópica, desencantada y un poco altanera, con rasgos de lo personal y lo soñado. Como ese libro, pero sin las llamas ilusorias ni la mala sangre, los textos de Rojas Rojas son en cierto modo un recuento autobiográfico, transformado por los símbolos, el lenguaje, el paisaje que no es simple viñeta, el desvarío dosificado, incluso la afección. Desde el comienzo tenemos algunas claves de lectura: de los cuatro epígrafes del volumen, tres son la manifestación de un pronombre evidente: “Y soy el nombre nuevo de un linaje muy antiguo”, dice Lucienne Silberg; “Yo creía en todos los encantamientos”, dice Rimbaud; “[Yo] oigo que éramos/un brote del cielo”, dice Paul Celan. Con esa revelación, lo que encontramos en esas páginas adquiere la estructura de un relato familiar que se ramifica sin solemnidad hasta incluir la experiencia comunitaria, sobre la base de una voz capaz de incluir personajes y épocas que lo antecedieron. En eso consiste su originalidad: en su apego al origen—por borroso o febril que sea.

La primera foto del libro resume igualmente La O azul: un muñeco sonríe con los brazos abiertos sobre un montículo de piedras; al fondo, las montañas y un enorme vacío. Cerca del filo y la caída, parece decirnos, es posible convivir con el drama de la muerte un poco asordinado, o al menos deshecho a medias de su carga sensible. Aunque los ritos fúnebres se describen en varios lugares del libro, y aunque el poeta sienta nostalgia por esa Piedra y lo hiera el recuerdo de su extinción, los textos parecen admitir la posibilidad de una realidad fantasmática, donde es posible el acuerdo entre sobrevivientes y difuntos. Tal vez esa creencia siquiera parcial nos remita a una novela como Pedro Páramo, es verdad, pero leída en estado alucinatorio. Eso significa un trabajo continuado con la sintaxis del poema, que se resiste a la mera exposición para mostrarnos de frente los desequilibrios. Los retratos y escenas que resultan de semejante composición pueden escabullirse como sombras, pero dejan la fuerte impresión de los aparecidos, desnudos de la cubierta legendaria del realismo mágico, más bien duros (no crueles) y afilados como el páramo. Una de sus virtudes está en negarse a transformar esas estampas en tarjeta postal.

Hay mucho de ironía en la figura de ese muñeco alborozado. En él no hay burla ni alegría, quizá. Su cuerpo concentra el misterio de lo que está fuera de lugar o sorprendido por su ubicuidad: no es imposible que la próxima vez que lo veamos esté en la playa, como si fuera el gnomo ambulatorio de Amélie. De todas maneras, quienes vemos su retrato nos damos cuenta de que ha aceptado ese espacio como una variación de su desconocido nacimiento. El libro de Jairo Rojas Rojas también nos da la impresión de saber de dónde viene (como se adivina en los epígrafes y en la estructura de los textos), pero no teme ser malinterpretado, como lo hace la contraportada—que, sin explicaciones, lo llama “inmensamente venezolano”. A lo mejor lo es: muy venezolano y muy andino. Sin embargo, el elemento extranjero también cuenta como propio, y su autor se da el gusto de sugerir el infierno de Rimbaud, el holocausto de Celan y la locura de Silberg como reversos potenciales. Lo importante es leer La O azul con la conciencia de su multiplicidad, de sus trazos luctuosos y simultáneamente festivos, pues sabe que no hay evento que no tenga cara y sello, familia viva y familia espectral, entierro y bautizo, decepción y encantamiento.

 

Abrazos de una nariz sin olfato: Poemario para tallar el retorno

Por: Eyra Harbar

Panamá

Abrazos de una nariz sin olfato es un poemario construido con largo aliento, al igual que la imagen helena que ilustra su portada. El rostro escultórico, con su nariz troceada, recuerda que si bien hasta la piedra es herida por el tiempo, ello es tan sólo la cicatriz de la experiencia y la ganancia de la marcha.

 

La dedicatoria que inicia el poemario sella esa persistencia inquebrantable: “A la esperanza, aniquiladora de todo pesimismo”. A partir de ese gesto se inicia el repertorio de movimientos de la palabra como materia prima. De versos cincelados, sus herramientas de trabajo son abrazos: 16 secciones de abrazos con cifras aleatorias, 4 sin cifra y una sección de abrazos excedentes. Cada poema presiona, percute, va elaborándose entre textos cifrados siguiendo las líneas misteriosas de la piedra. Quizá por ello el golpe de talla que define la forma del poema es sonoro, permitiéndonos sentir su ritmo, música que despierta el universo sensorial de quien lo lee. Esa musicalidad que acompaña los poemas facilita el andar por los lugares del libro, viendo la “lepra que se ha carcomido todo”,anhelando “deseos antemeridianos” o transpirando “la prisa, la falta, la angustia”.

 

El libro es también un viaje des-localizado de tierra alguna, viaje hacia una morada sin paradero fijo, cuyas diferentes citas e idiomas revelan una trayectoria de abrazos itinerantes, casi desarraigados.No obstante, a través de ellos la morada interior prevalece como casa-territorio, como escenario de lo propio; allí, la memoria deja su huella, su talla imborrable porque el itinerario vuelve siempre a la intimidad del abrazo. El poemario, obra pulida, esculpe con ironía y humor pasajes infinitamente humanos. Esto es patente desde los títulos elegidos (“Besos para un alma en la cruz roja”) hasta el abordaje de la distancia (“en esa línea empieza el camino/ y atrás quedan nombre y ancla”),la muerte (“15 veces los santos óleos,/ 15 veces, 15 años/ la extremaunción, /15 veces resurrección”), la carencia (“ésta y sola/y una y mil/ noche ésta/ que no llega,/ noche ésta/ que nos falta”) o la soledad y la incomunicación (“¡Oh, T.V. nuestra que eres ubicua, santificada sea tu presencia y bendito sea tu poder de escapismo”). En el tema amoroso se revela un tratamiento poco usual que cincela una intimidad en donde cohabitan lo festivo y lo esperanzador, lo mordaz y lo sombrío, como recordatorio de unno fiarse de los lugares comunes de las emociones.

 

B.B.P. Bethancourt, autor del poemario, es un seudónimo que exalta un tronco familiar materno procedente del campo coclesano de Panamá. El libro, publicado en España por Ediciones Tragacanto, fue presentado en la Feria del Libro de Granada, España (2012) y, posteriormente, también en Panamá por la Sra. Briseida Bloise, con una lectura por la Sra. Rosa Mancilla y música basada en el poemario, compuesta por la maestra Electra Castillo, Directora del Coro Polifónico de Panamá.

 

Abrazos de una nariz sin olfato y su esculpida son, en uno solo, un abrazo para el retorno.

 

Francisco Catalano: el nombre de lo indecible

Por: Jairo Rojas Rojas

Venezuela

El primer libro de Francisco Catalano I (2010, Caracas: ediciones del autor) es la respuesta poética a una pregunta con resonancias místicas y también filosóficas: ¿cómo nombrar lo innombrable? Ya el título es la prefiguración y el resumen de esa respuesta a la par del inicio de un proyecto literario singular y arriesgado que construye más que un libro un artefacto lingüístico que expande el terreno de las posibilidades poéticas dentro de la tradición lírica venezolana. Aunque decir título es inexacto pues I no es signo, ni número, ni letra sino una mínima grafía impronunciable que inaugura un ámbito donde lenguaje y silencio juegan una situación pendular, semejante a las experiencias místicas que distintas tradiciones nos han relatado como imposibilidad de describir, esa intuición o éxtasis que brevemente se conecta con ese algo trascendental negado a las posibilidades comunicativas aunque en el caso de Catalano más que apostar y seguir por una doctrina religiosa o filosófica como vía para la comunicación inmediata y directa con la divinidad o el Todo, prefiere trabajar con el lenguaje y ahondar en sus profundidades y posibilidades; esto es, volver la poesía religión, rendir culto a la palabra cuyo misterio crea el mundo a través de un hombre que lo nombra. El ritual del poeta en este caso es meditar en ese origen, regresar al silencio inaugural de donde partió todo, donde nacieron los nombres.

 

Este libro está separado en dos momentos: Libro 0 y libro 1, pero sin sufrir drástica distancia lo cual genera un espacio continuo que se construye y se reconstruye por medio de un lenguaje depurado que despliega múltiples sentidos, nacido de las ideas y de la visualización de aquel ámbito innombrable que erosiona gran parte de los referentes de la realidad inmediata hasta llegar a estructuras verbales con ecos geométricos, puros, que también son una manera de intentar decir.

Si bien todo el conjunto de textos adoptan un tono reflexivo por momentos se aprecia el movimiento sinusoidal que armónicamente une las abstracciones y las ideas con los impulsos sensoriales o los referentes de una ciudad como la de Caracas. Y ese rasgo fluctuante es uno de sus más logrados aciertos, un ejemplo de lucidez que intenta buscar solución a la pregunta que lo subyuga pero a la vez es impulso de sus más evidentes dones verbales. Una propuesta que afecta no solo el manido lenguaje lírico sino su disposición espacial en la hoja porque intentar decir la luz, el infinito o el poema demandan un trabajo riguroso con el lenguaje, su deconstrucción y su atisbo. Preocupaciones temáticas más del lado del silencio pero que Catalano acusa como siempre lo ha hecho la buena poesía: creando un sistema particular sin temor a las eficiencias comunicativas que a fin de cuentas no conforman el corazón de la poesía pero sí de otros parientes como la novela o el ensayo, por ejemplo. En fin, esta obra es una manera de responder(se) sin complejos de complacencias o de agradar. Exige lectores activos, trabaja desde la incomodidad, obliga a la pausa en el mundo del consumo veloz mostrando un pliegue de la realidad que la publicidad, el mercado o las ideologías nos oculta. El autoconocimiento como resistencia y, por qué no, como vía de liberación donde las palabras son testimonio de una experiencia indecible, precisamente por ser experiencia de lo indecible.