ENSAYO

Adalber Salas Hernández

Julio Borromé

Isaías Cañizalez

Ciudad a quemarropa

Por Adalber Salas Hernández

Venezuela.

 

a poem is a city at war,

a poem is a city asking a clock why,

a poem is a city burning

 

Charles Bukowski

 

 

Caracas arde afuera: frase lapidaria, de engañosa simplicidad, que recurre una vez tras otra a lo largo de la obra de Armando Rojas Guardia, repitiéndose como un eco, como la huella terca de tantas y tantas noches pasadas en la orilla de acá de la mirada, observando. Al leerla, entramos inmediatamente en el escenario que dibuja con un solo, rápido trazo: un espacio exterior feroz, la ciudad que hierve, que se muerde la cola, como un animal que se vuelve contra sí mismo; contrapuesto, un espacio interior, calmo, quieto, que acoge en su nitidez al yo que ahí habla; y finalmente una ventana que separa estos ámbitos, temblorosa. Y es exactamente en esta ventana donde debemos detenernos: en ella se cifra toda la capacidad evocadora de estas tres palabras. La ventana, demarcando el inicio de Caracas, de la ciudad que en el afuera se quema, funge como centinela, como una suerte de vigilante que resguarda el paso hacia –y desde– un más allá amenazante.

 

El adentro y el afuera se hallan bien diferenciados, inmóviles cada uno en sus posiciones, sin hacerse preguntas, soportándose calladamente. Brota en algunos poemas esta suerte de experiencia, que vibra como vibra la ventana, haciendo equilibrio en ese límite demasiado estrecho entre la interioridad y la exterioridad. Quizás en Contra el espacio hostil, de Alfredo Silva Estrada, encontremos la manifestación poética más depurada de esta vivencia irrecusable, familiar para todos los que hayan vivido en una gran urbe.

 

Pero, del mismo modo, hay poemas que fueron escritos porque la ventana está rota, las paredes del edificio agrietadas, y la puerta sin cerradura: poemas bajo los cuales se cobija, iluminado en claroscuro, todo lo que hace arder a Caracas. Y es precisamente el nombre de esta ciudad lo que conforma no sólo el título, sino el santo y seña de un largo poema de Santiago Acosta, publicado en la forma de una plaquette por el PLUP –Proyecto Latinoamericano de Unión Poética. Ciudad salvajemente abierta la que encarna en sus versos, ciudad que nos arropa y nos alza en la cresta de su rugido automotriz, impenitente:

 

Mira esta ciudad de historia nueva, de mujeres y hombres nuevos.

Dime si no es grande.

Caminamos frente a los edificios, les rezamos,

les pedimos la eternidad, la chispa de la locura. Les debemos

la espiral negra de los estacionamientos, los cincuenta motores

que cada mañana nos elevan con sus ladridos perfectos.

 

Ciudad de historia nueva, de mujeres y hombres convencidos de haber nacido hace apenas unos días. El relato que funda esta ciudad se desmiembra cada noche, y sus restos son cosidos con la mañana: una narración, unos habitantes siempre insólitos para esta ciudad, la ciudad del olvido, la Caracas amnésica. Sus edificios se levantan como altares de dioses sólo capaces de hacer promesas carnívoras: la eternidad y la locura, mas nunca la consciencia. Y sólo capaces, también, de otorgar dones que arrollen, que destruyan a sus fieles: estacionamientos que crecen con movimientos circulares, como el Inferno de Dante, motores que arrastran cada mañana a quien encuentran en su camino, balas perdidas que llueven como maná. La ironía de Acosta no sólo es patente, sino descarnada. Pero la ironía tiene la rara virtud de hacer evidente ese punto ciego de lo real que otras formas discursivas son incapaces de notar.

 

No debemos olvidar, empero, que ninguna ironía es posible sin una pasión que la sostenga, alimentándola. Y ésta es, para Acosta, una pasión amorosa implacable:

 

Yo amo el amor asesino de los motorizados, los taxis piratas,

el temblor agridulce de los camiones de basura a las 12 de la noche.

Amo el aire acondicionado de las salas de espera

(su rumor de basso continuo), el llanto áspero de los bebés,

el estruendo de los patios a la hora del almuerzo.

Amo las braguetas abiertas de los mendigos en las ferias de comida,

el himno pastoso de la mugre,

las oficinas inflamadas y transparentes cual supernovas

que nublan el vacío como el halo amarillento

de los postes de luz.

 

Adoro el miedo

carburando en las aceras con su elasticidad repentina en la

luz rota del amanecer.

Oh miedo, mi único proyecto, mi última fiebre.

 

Se desgranan, uno a uno, los elementos que hacen de Caracas una ciudad inhóspita. Atraviesan la mirada como un desvarío, en imágenes que se engendran unas a otras sin detenerse. Cruzan con un no sé qué de aleatorio, como los gritos que atraviesan una avenida, yendo a golpear algún pecho desconocido. Motorizados, taxis, salas de espera, llanto y estruendo, braguetas abiertas sobre la mesa, oficinas tumefactas, mugre: el sonido y la furia. Los espasmos rabiosos de una ciudad que guerrea contra sí misma, mientras a sus pies se hace súbitamente el vacío –justo ese vacío que apenas entrevemos más allá del ruido, la noche voraz que ocultan los postes de luz.

 

Un amor crecido al calor del miedo, criado por él, dotado de sentido por él. Un amor que plaga las calles atestadas y paranoides de Caracas, donde nada más el temor ilumina los rostros con su resplandor deshecho. El mecanismo de la ironía se dispara de nuevo, y lo hará muchas otras veces a lo largo del poema: el miedo adorado se torna entonces el gran proyecto de ese yo enfebrecido que habla en el poema. Ese miedo largo e insidioso que ciertamente parece ser, por momentos, el único fin de esta ciudad.

 

Sin embargo, no basta con amar a Caracas: es necesario hacerse a la forma de su amor. Lograr para sí un semblante desigual, una carne que repte como la ciudad misma repta a lo largo de su existencia:

 

Caracas, estoy detrás de tus rodillas, con la joroba llena de dolor.

Yo era para ti. Acércate y calma mi dolor, acaricia mi pelo.

Este es nuestro tiempo, pero te haces vieja,

lo dicen todos mis amigos, mis amigos derramados,

descuartizados por todo el planeta. Mis amigos lejos de ti y de mi corazón.

 

De mi supremo ojo saltan monedas, de mi supremo amor

cae el peso de tus ruidos industriales. Eres

una autopista dorada, el mármol negro de la aceleración.

Yo soy tu órgano rojo.

 

El cuerpo se transfigura para poder recibir el único afecto que Caracas puede dar: este amor sanguinario, casi insoportable. Así, deformidades como la joroba, o monedas en lugar de ojos irregularidades que culminan en ese órgano rojo en que deviene quien aquí habla, adosado a la ciudad como un apéndice perverso– no son más que signos de la violencia desintegradora del espacio urbano, ese mismo espacio que ha terminado por derramar, por descuartizar a los que antes lo habitaban.

 

Caracas desmiembra a quien por ella se desvive: le obliga a pagar con sangre su pasión, lo deshace en un reguero de imágenes que se desbordan –justo como el pánico desborda los días, como el estruendo desborda las bocas, como los fulgores desbordan los ojos, hasta quebrarlos. Acosta sabe qué imágenes tomar, pescándolas del universo simbólico que comparten los habitantes de la ciudad. En Los no-lugares, Marc Augé ilumina un rasgo usualmente soslayado de los universos simbólicos, que va más allá de la constitución de un sistema imaginativo más o menos coherente: el problema del reconocimiento. “Lo propio de los universos simbólicos es constituir para los hombres que los han recibido como herencia un medio de reconocimiento más que de conocimiento: universo cerrado donde todo constituye signo, conjuntos de códigos que algunos saben utilizar y cuya clave poseen, pero cuya existencia todos admiten.” Quizás el deber de la poesía no sea otro que trastocar el mecanismo irreflexivo en el que se transforma finalmente el reconocerse del sujeto en su universo simbólico. En ese universo cerrado, el poeta escoge los signos –o es escogido por ellos– sobre los cuales acumulará mayor peso semántico, trastocando así el equilibrio de ese código “cuya existencia todos admiten”. Se trata de un acto subversivo, realmente. El lector del poema reconoce y a la vez desconoce su universo simbólico, visto a través del texto. Esta crisis de identificación no lleva sino a la ampliación de dicho universo, a la introducción de la diferencia en su autismo, del movimiento en su sistema osificado –la realidad del lector queda transfigurada por la posibilidad de nuevos sentidos para viejos signos.

 

En Caracas, nos topamos con un vuelco en lo que tradicionalmente sería un poema sobre la ciudad. No hay ventana entre el sujeto hablante y lo real. Tampoco se trata de lo que en El Techo de la Ballena se llamó “inspección de las basuras”: el epígrafe de Manuel Vilas que encabeza el poema, amo la basura, porque la poesía vive ya con la basura, lo confirma, al declarar que la poesía no inspecciona los desechos, sino que se confunde con ellos. Aquí, el yo no se proyecta sobre el espacio urbano, ni se defiende de él; antes bien, se deja atropellar: permite que Caracas se inscriba en su voz, la despedace. Y junto con él, también el lector. La irrupción que significa el poema en la imaginación de quien lee evita todo anquilosamiento, pone al descubierto lo cruento de la ciudad que presta su nombre a estos versos:

 

Odio los amaneceres, odio la brisa y la luz de la mañana,

su nitidez intacta que pretende burlarse de mí.

Esta es mi lanza, esta es mi bicha —digo como Arquíloco—,

apoyado en ella bebo y con mis músculos desafío a los barcos.

Así espero (esperamos) durante siglos

la llegada del fantasma de Dios,

el más evolucionado de todos los simios,

oh Cristo verde, mutante resucitado que vendrá a incendiar nuestra ciudad

pero yo le partiré la cara.

 

¿Qué cosa es la ciudad?, ¿nos interesa a los poetas?

¿Habrá ciudades después de la muerte?

¿El cerebro es como una ciudad?

 

Es lo preciso, lo que promulga bordes exactos, lo que impone nitidez –la luminosidad de los amaneceres, la brisa que recuerdan los bordes de cada cosa– justamente aquello que se percibe como ofensivo. Y es que el cuerpo imaginado, y la voz que lo acompaña, han perdido sus formas iniciales para adecuarse a la pasión de Caracas. Nada, absolutamente nada puede interrumpir ese vínculo destructivo. Ni siquiera la segunda venida de ese Cristo kitsch y darwiniano, ataviado de verde radiactivo, puede inmiscuirse.

 

Algo se nos revela a través de la violencia que el poema ejerce en nuestro universo simbólico, trastocando cualquier imagen estática que podamos tener de Caracas y de cómo nos relacionamos con ella. El amor contrahecho del yo que habla en el poema consigna desde su obscenidad lo que hay de perverso en nuestra propia pasión por Caracas, por su rabia sin sentido, casi objetual, casi deificada.

 

Al referirse a la violencia que parece ser la naturaleza misma de esta ciudad, si se hace de ello reportaje, documento, análisis incluso, habrá algo de que no nos tocará. Sería practicar la mirada distanciada, colocar una ventana. En cambio, si se hace de ello una metáfora, al leerla no nos quedará otra opción que apropiárnosla, grabarla en nosotros, comprendernos partícipes de ella. Esta Caracas de la que el texto viene hablando no espera más allá del poema, sino más acá: no es un signo cuyo referente sea una realidad concreta, sino que cada palabra del poema es la realidad de esta ciudad, que se revuelve en nosotros, que existe a quemarropa. SlavojŽižek tiene razón cuando escribe, en Sobre la violencia, que “la realidad en sí misma, en su existencia estúpida, nunca es intolerable: es el lenguaje, su simbolización, lo que la hace tal.” Acosta da fe de ello en estos versos.

 

No en vano se hace, nos hace esas preguntas sobre la naturaleza de las ciudades. El ámbito urbano se reproduce de modo metastásico, copando nuestros espacios imaginativos, monopolizando nuestro universo simbólico. Qué cosa pueda ser una ciudad, si las hay después de la muerte, si las imitan a nuestro cerebro –o nuestro cerebro las imita a ellas– y qué tienen que ver con la poesía, todo ello debemos preguntárnoslo jornada tras jornada, ya que la ciudad se ha vuelto casi nuestro único escenario vital. Esto quiere decir que su violencia, ya sea oculta o explícita, nos pertenece igualmente: nuestros muertos de cada día transitan los bastidores de este poema, los que no se ven ni se oyen, los que nadie recuerda, ni llama, ni intenta ya salvar del olvido.

Pero todas estas interrogantes apuntan a otra, no escrita, que las sostiene: ¿qué es del sujeto en Caracas? ¿de ése que mira y es mirado, de ése que transita y es atravesado, de ése que comulga? ¿Qué sucede con él?

 

Las paredes laten con firmeza, se calientan.

El futuro es un pozo de negaciones, una cifra escrita en la vigilia,

una vena que no brota... Estamos locos,

pesa el intestino bajo los ojos, pesa la cáscara del desaliento.

El hastío nos revela el pulso concreto de las cosas

y en el torpor de la noche comprendo que soy varios poetas,

3.05 am, ahora entiendo

que soy

mis dedos poetas

mirando como yo hacia una pantalla luminosa, bebiendo como yo,

masturbándose como yo en la noche ciega de Caracas.

 

Mira qué grande, qué bonito.

 

Bajo este cielo justo nos tumbamos, estamos tumbados,

y en nuestras manos se hincha el glande robusto de la felicidad.

 

Pues del sujeto ya no queda una figura unificada, o al menos tendiente a la unidad. El amor rabioso de Caracas lo ha reducido a escombros, ha hecho de la concreción imaginativa de su cuerpo un receptáculo digno de su pasión. Queda despojado, ya que vive en la ciudad de la amnesia, del futuro: esta dimensión existencial no es más que una negación si no hay memoria que la valide: una vena que no brota. Con el mismo movimiento, por el mismo arrebato, se le quita el sentido: el cuerpo pesa, de los ojos al intestino, carcomido por el desaliento. La carne del sujeto da en su propia desintegración, en los varios poetas, los dedos poetas que, más que indicarnos la ausencia de centro en un organismo, nos hablan de la ausencia de sentido rector en Caracas, cuyas partes funcionan con independencia unas de otras, en una comparsa esquizoide.

 

Y todos tomados por este tedio vital, el de una ciudad que se masturba sin otro deseo que el de su muerte, babeando sobre la gloria de los televisores y el alcohol. La ironía llega con un último golpe, exactamente aquí, al final del poema: qué grande todo esto, qué grande y qué bonita será la gota de semen de nuestra desaparición, cuando Caracas eyacule, acabe, estalle, y los postes de luz ya no puedan tapar más el vacío.

 

Vida en el Amor de Ernesto Cardenal

Todo está lleno de Dios

 

Por Julio Borromé

Venezuela.

 

Si el Diablo quiere impedir algo,

toma tú por asalto el infierno.

 

Jacobo Boehme

 

El hombre inspirado en el error de sentirse separado del todo contradice la naturaleza y niega la unión de los seres humanos con los demás entes y el cosmos. Pero hay una equivocación mayor al concluir que este hombre debe ser la encarnación del proyecto de conquista aquí en la tierra como en el cielo. Esta plena autoridad sobre el mundo externo se parece mucho a la autoridad que no respeta la presencia del otro ni la convivencia entre las demás especies y el hombre mismo. La cuestión no está en saber si el hombre es dueño de su destino, sino en saber si, el vértigo de sus acciones sobre el entorno favorece la plena realización del hombre sobre la tierra. Sin que haya un reconocimiento mayor a su empresa, se hace más íntegramente razonable cuestionar los supuestos mismos que han cimentado su percepción del mundo y de las cosas. Cuando se produce un desajuste entre el universo y los hombres que están al frente de las grandes decisiones de los pueblos —quién sabe si es ya demasiado tarde para enmendar lo que ha desatado el hombre en la búsqueda de predecir el futuro—, es necesario reconocer que el hombre conlleva cierta responsabilidad social y ontológica. Esta situación problemática no se compone ya exclusivamente de factores externos al ser humano ni a sus nociones sobre lo que debería ser el mundo a partir de una determinada concepción histórica y política, más bien, recurre a convertirse en la encrucijada de la perplejidad de los Tiempos Modernos, representado en “el hombre de la barraca”, tal como lo describe Gabriel Marcel(1). Es el hombre que ha perdido el sentido. En esta confrontación del hombre con el mundo exterior que no describe la total realidad, ocupa Dios la Naturaleza del Verbo y de todas las cosas creadas, incluyendo el hombre que no hace el bien y el hombre que vive en el amor de Dios. Esta paradoja llega entonces a explicar que todas las cosas buenas y malas son creaciones de Dios, que no se puede concebir el bien sin el mal sin engendrar oposiciones, guerra y paz, amor y odio. Ésta es, precisamente, la verdad que sostiene Ernesto Cardenal en su libro, Vida en el amor (1970).

 

Vida en el amor es la Ruta de la íntima comparecencia de Ernesto Cardenal consigo mismo y con todas las cosas de esta tierra y del universo. El autor habla de su experiencia con Dios por la sola razón que ha nacido de ella para todos los hombres. Es un llamado a encontrar con los otros seres vivos y con las presencias invisibles de la Naturaleza, los más genuinos orígenes, y por ende, las relaciones más profundas que se generan espontáneamente y que el hombre muchas veces las desconoce o no las ve, porque su corazón aún no está abierto a Dios. Ernesto Cardenal inaugura una nueva era en la historia del mundo y del hombre, pero que todavía no ha llegado a la plenitud, a la existencia espiritual, tras la máscara de una apariencia que gobierna al mundo: la idea de Progreso. El itinerario espiritual de Cardenal contado en su libro, si bien hay que ubicarlo en la década de los sesenta cuando convivía con los monjes trapenses en Gethsemaní, lo mejor es situarlo en nuestra cotidianidad puesto que las enseñanzas de Ernesto bien pueden considerarse eternas por estar al servicio del hombre común.

 

 Lo primero que nos sorprende cuando abrimos el libro Vida en el amor es la sencillez de la palabra de Ernesto consustanciada con la Naturaleza. En ella todo está conectado en el gran diseño del universo, mucho más vasto que la Naturaleza, y que de hecho, sus límites no han sido rebasados. Dios es el fundamento que puede obrar con verdad, con sus obras inconmensurables y finitas sin que nadie piense que no hay lugar ni para el hombre ni para un pájaro ni para una estrella. Porque en esencia están unidos por el amor que prodiga Dios a sus criaturas. Nada amortaja la verdad del creador, nadie puede alejarnos de ella si vivimos en el amor. Dice Cardenal: “Todas las cosas se aman”. Este principio que opera en forma de Ley Universal es el comienzo y el retorno hacia todo lo creado sin distinguir género, especie, galaxias, sin saber dar razones entre lo universal y particular porque todo es un movimiento hacia Dios: una particular extrañeza y nostalgia por su Presencia. Pero si “todas las cosas se aman”, también todo está lleno de Dios, y si Dios habita en el fondo de las cosas, todo está lleno de hombre.

 

Ernesto Cardenal en su Ruta de Amor pone en marcha progresivamente sus intuiciones, sus iluminaciones. Su viaje es de una sutil comprensión que no llega, creemos, por el entendimiento sino por la chispa que el mismo universo le devela. Cardenal admite la bondad de lo divino que se manifiesta por medio de signos, que no por eso dejan de mostrarse en la cotidiana experiencia de los hombres, sólo que el hombre debe estar atento a su llamado. El Dios de Cardenal no es el Dios al que estamos acostumbrados, de hecho es un Dios que demanda un amor mutuo. “Hemos sido creados a la imagen de un Dios comunitario”(2) .

 

La presencia de Dios es comunitaria, por tanto el mundo necesita la cohesión de esa fuerza amorosa que está en el hombre como en todas las cosas. Pero este amor aventurero, que no posee y que a la vez los contiene a todos por igual, arrima al hombre a la soledad y al silencio para encontrar a Dios. Cardenal encuentra en la vertiginosa carrera del mundo globalizado, que “los hombres modernos tratan siempre de huir de ellos mismos”. Por tanto en esta dispersa actividad generada por los vaivenes de las sociedades no hay lugar para escuchar a Dios ni tampoco para ver sus obras en la belleza que participa de esa otra Belleza que reside en Él. Quien vive en el mundo atormentado por las contingencias de la vida, el deseo, la codicia que generan los productos exhibidos en los Centros Comerciales y las agresivas campañas publicitarias a favor de una determinada marca de ropa o de la belleza creada en los gimnasios, no puede vivenciar esa oscura presencia, que es Dios. Cardenal en esto comulga políticamente con una concepción basada en el amor mutuo, comunitario entre los hombres, la Naturaleza y Dios. Esta comunión está consustanciada con el alma, que para Cardenal “es femenina”. Toda esta noción simbólica del lugar donde reside Dios y donde sale cuando quiere es de un gran significado, proviene de la intersección del principio femenino que ama a Dios y Dios se rebela como amante. Es la convergencia de la entrega a oscuras amparada en la fe y en el amor. Hay mucho de erotismo en esta entrega del Alma y de su Amado para merecer que se le escoja como un tipo de amor entre un hombre y una mujer, que es el mismo amor de Dios si pensamos que son sus hijos quienes se aman a través de Él. Esto recuerda El Cantar de los Cantares que “pudo haber sido originalmente un poema de amor humano”(3) . Este amor de Dios por el alma, modesto retiro a las zonas más ardientes de la Presencia cuida solícitamente, la alcoba de la amada. Pero esa alma que ama a Dios y se entrega sin rubor es la que fundamenta al cuerpo, y el cuerpo a la vez es la configuración de sensaciones construidas por el Yo, que se queda provisionalmente con todo lo pensado y sentido. En efecto Cardenal comparte con las tradiciones orientales, el Budismo y el Zen, la muerte del ego para que la entrega de Dios sea verdadera. En esta muerte psicológica en la cual el ego desaparece, el amor supera al deseo, a la codicia, al mundo sensorial, es entonces cuando la actividad de entrega es plena y efectiva. Dios está dentro del alma que “es un mutuo comerse: un mutuo tragarse de Dios y el alma”(4) . Esta alma femenina, reposa, está siempre dispuesta a abrirse a Dios, que también es infinito y está en el fondo del alma que viene al encuentro, al llamado de la fe inquebrantable que se escucha en lo oscuro donde el goce es infinito y el alma “nace enamorada”. El alma siente la Presencia, participa de Dios en un juego de lo desocultado, se muestra se oculta pues no hay motivo para inquietarse y sin embargo, a Dios según Cardenal, se le escucha y se le siente en soledad.

 

 El amor se apodera del alma en un sentimiento del que ella misma participa, el mismo objeto del deseo, pero es más que deseo, es plena realización de la Belleza que está dentro del hombre. Esta belleza terrenal es confusa porque la belleza que el hombre encuentra en su cotidianidad es el reflejo de la obra de Dios, un espejo donde las cosas son menos reales, más transitorias y efímeras. Es claro el “sentimiento” de Cardenal cuando opone una belleza a la otra y no es más que la correspondencia de Dios en todas las cosas, aunque el amor esté reservado para los que verdaderamente se desprendan de todos sus amores y recuerdos, y sin embargo, viven de ellos a través de Dios. Para poder llenarse de Dios, Cardenal nos dice que: “Uno tiene que morir primero”. Morir con las dudas, los temores, el mal,  los objetos, las mercancías, el tiempo. Esta muerte consiste en vaciarnos de todas las sombras que arrastramos y de todas las neurosis creadas producto de un mundo cada vez más deshumanizado y terrible. Cardenal nos lleva por el camino pero no nos ofrece soluciones, por ningún lado encontramos cómo suspender el deseo de posesión de las cosas, de la agresión, del odio. El hombre debe aprender a vivir con el mal y las pasiones que todavía se encuentran en la comodidad de su Yo. Por otro lado, Cardenal habla desde la voz de un monje que experimentó su acercamiento a Dios a través de la vía contemplativa. El hombre común, al menos, conoce las pasiones y el delirio, lo mismo un cierto aire contemplativo cuando las contingencias de la vida lo llevan a refugiarse en el silencio. Es allí, donde Dios está sin que nadie se dé cuenta porque miramos adentro con los ojos afuera. Se trata entonces de mirar hacia fuera con los ojos concentrados en las obras de Dios, y retornar ya desprendidos del deseo, para sumergirnos en nuestra más absoluta identidad: Dios. Todo regresa a la fuente de la que ha salido. Es lo mismo que nos dice Capra con la experiencia cósmica que lo asaltó mientras caminaba por la playa y con la historia que relata frente al mar, aquella exquisita metáfora de la gota de agua(5). Con esta obra de Cardenal, Vida en el amor el amor es Dios en todas sus manifestaciones visibles e invisibles. Estas epifanías manan de un lirismo que tiene mucho de aroma y resplandor de la palabra que es oración, música, fe en lo oscuro, latido de un motor palpitante que mueve todo hacia el universo y lo desprende multiplicado. “A imagen de Dios que los creó, todos los seres son uno y muchos a la vez, de la galaxia al electrón”(6).

 

 Esta imagen de Dios de Cardenal es atípica a pesar que lo sitúa como el creador del universo entero y de todas sus formas y particularidades. Es un Dios evolutivo que acepta al hombre en su caída, en sus horrores y deseos. Un Dios que parece hablar por boca de Cardenal y que lo guía en sus intuiciones, en su palabra curadora porque sabe que las cosas no están bien en el mundo, y que el hombre ha perdido el sentido de su existencia. Es un Dios que habla desde la trinchera, y clama por la justicia cuando Él es ajeno a las condiciones para que la injusticia reine. Es el hombre con su libre albedrío que ejecuta las acciones en contra de la creación y su creador. Desprendernos de yo, de la voluntad, del pleno reconocimiento de las facultades racionales es menester si no queremos destruir al mundo y destruir a Dios, que está en nosotros. Las próximas generaciones leerían con estupor en las páginas del diario: asesinan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Porque si son tres personas en una, y Dios Habita en el hombre, entonces la muerte del Padre acarrea la muerte de los otros, incluyendo al hombre.

 

El Dios de Cardenal reposa oscuramente en una visión política de los asuntos del hombre, y digo oscuramente porque la luz despunta en las tinieblas en medio de la pobreza. Cardenal se encarga de oponer esta pobreza álmica a la riqueza de las naciones y al poder que genera en manos de unos pocos la tiranía de los mercados y de los destinos del mundo. Un mundo falso donde interesa el tener y no el ser, ni aún la ponderación de los recursos y sí la explotación inconmensurable de todo lo que produzca dinero, a costa de la pobreza de otros. Hay en Cardenal una estética de la pobreza, una pobreza de la dignidad, digo, una pobreza de clase. No hago más que pensar en el pesebre donde nació Cristo, en su humildad, más cerca de la tierra envuelto en una manta junto a los animales y a las estrellas. Nada más sentir este acontecimiento universal para darnos cuenta de qué lado está el amor, la verdad y la esperanza. Este Dios de Cardenal y de las causas justas encarna el deseo de justicia y libertad para los pueblos “porque la vida de Dios es comunitaria y comunista”. Son dos visiones de las cosas y del hombre, por un lado el materialismo y la vida del mundo moderno con sus alcances tecnológicos y su lógica de la seducción, y por otro, el mundo espiritual, donde no encontramos la posesión ni la propiedad como cultura. Si poseemos a Dios, poseemos todo lo creado. Ésa es la enseñanza de Cardenal. Pero nadie escucha y siente a Dios en su “alcoba interior” si está lleno de ambición y egoísmo, y a sabor de cosa mercantil ligada al totalitarismo de los Estados Capitalistas. La única posibilidad de sentir a Dios es voltear hacia atrás, hacia lo oscuro de la fe, desprendido de todo lo material y de la aniquilación del Yo, que es la voluntad llevada por el deseo de satisfacer al “capullo”, como llama Trungpa a la representación del Yo(7).  Esa construcción imaginaria desde donde no queremos salir al punto de que nos asalta el miedo en sus infinitas manifestaciones. Entonces: “Te aterra mirarte al espejo, porque también sabes que ése que ves no eres tú, que tu rostro es una máscara”(8).

 

La auténtica relación que el hombre establece con Dios es un mirar hacia adentro, hacia lo oscuro, la nada, el Big Bang, las galaxias, los electrones y protones. Si Dios está al fondo de todo lo creado y es un antes y un después reflejado en la Naturaleza y en el hombre que ama a sus novias como si amara el resplandor de Dios, entonces esa auténtica relación es casi un bostezo primordial, un caos donde proviene y donde todas las cosas regresan. Otras veces, se despliega el tiempo en su continuo aletear de corrupción y finitud, entonces la muerte está al fondo de todo lo creado y lo que potencia ser en el mundo. Dice Cardenal “nosotros venimos del polvo de las estrellas”(9). “Así que estamos hechos de estrella, o mejor dicho todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne”(10) El hombre deja escurrir el sueño de toda una vida que tiene lumbre y oscuridad, que tiene las aflicciones de una vida desarraigada como en una página de humor negro. Entrevé Cardenal que nosotros vamos hacia “la nada de la que hemos venido y que también somos, el polvo original que fuimos y que un día volveremos a ser porque aún lo seguimos siendo”(11). En este sentido la muerte no tiene carácter objetivo que el hombre emplea mediante mecanismos intelectivos para distanciarse de su enamoramiento, “debajo de cada ser hay un cadáver”.

 

Cardenal nos presenta en todo este recorrido cósmico la palabra edificante y la postura ética ante el compromiso de alentar al hombre a descifrar su auténtica relación con Dios, que es la relación consigo mismo en su infinito goce. Vivencia íntima sobre todo porque los requerimientos para una relación total del mundo y de la vida están dentro del hombre, en su alma. Hay relinchos del alma que Dios sacia con su Amor infinito, acaba por encender un viejo Amor luminoso de sangre. Cardenal con esta visión unitaria del hombre y Dios supera la visión fragmentada del universo herencia de la filosofía cartesiana, entonces podemos amar a la naturaleza como a nosotros mismos. Detrás de toda esta filosofía hay una conciencia de la pobreza como atributo del ser, una moral que va en el mismo camino que la evolución y la transformación de la materia, y la resurrección del hombre en “El reino de los cielos (…) esto es una república, esto es un orden social. El reino de los cielos es social, una ecclesia, una comunidad, un marxismo espiritual”(12). Este reino espiritual comprende todos los demás entes al amparo de sus relaciones y mutaciones evolutivas que se dan como en síntesis de pequeños momentos de estar y en el secreto de transformarse y dar vida a partir de la degeneración y la muerte. Este mismo reino es el reino de la justicia social y de la dignidad de los hombres que no tienen más abrigo que la ley del amor como fuerza de cohesión entre ellos y la Naturaleza. O como lo dice Gabriel Marcel, “la invocación, o la plegaria, que es la única relación viviente del alma con Dios”(13).

 

En Vida en el Amor encontramos el más auténtico sentimiento de unidad entre el macrocosmos y el microcosmos. Un libro que propone una verdad, una sencilla verdad del corazón: “Todas las cosas se aman”. Ernesto Cardenal amplifica su canto universal y arma un escándalo en el universo, lo remueve para comunicar, para que todos nos embriaguemos del vino del amor y de la soledad. El Dios que nos presenta Cardenal es nuevo, es como el hombre nuevo del Ché Guevara, y si digo que es nuevo es porque se parece mucho al hombre que alborea en este Siglo XXI. Cuando más leo y releo Vida en el Amor me convenzo de la belleza y del goce divino del mensaje de Cardenal. No se es el mismo después de leer este maravilloso libro, que es un canto al Amor pero también es un canto a las causas de los oprimidos y una crítica al sistema capitalista y a todos los símbolos de poder que emprende su canibalismo despiadado.

 

El Amor vence el odio de unos pueblos contra otros. El Amor reivindica la dignidad de los seres vivos. El Amor traduce amistad y compasión. El Amor es una flecha contra la miseria y el abandono. El Amor reinventa su naturaleza cuando cala en lo profundo del alma.

 

1 Gabriel Marcel. El hombre problemático. Pág. 11.

2 Ernesto Cardenal. Vida en el amor. Pág. 36.

3 Obra citada. Pág. 100.

4 Obra citada. Pág. 57.

5 Fritjo Capra. Sabiduría insólita. Pág. 11-50.

6 Obra citada. Pág. 116.

7 Chögyam Trungpa. Abhidarma. Pág. 52

8 Ernesto Cardenal. Obra citada. Pág. 134.

9 Ernesto Cardenal. A plena Voz. Revista Cultural de Venezuela. Pág. 21-28. Tuve el honor de presenciar la lectura de la Ponencia de Cardenal en la ciudad de Mérida-Venezuela. Por razones misteriosas en ese tiempo leía mucho sobre extraterrestres, ovnis, origen de las galaxias y de los puntos de vista de los científicos y los místicos sobre la creación del universo. Me conmovió que un poeta hablara como científico, poeta, místico con el compromiso de un político.

10 Ernesto Cardenal. Vida en el amor. Pág. 183

11 Obra citada. Pág.138.

12 Obra citada. Pág. 179.

13 Gabriel Marcel. El hombre Problemático. Pág. 61.

 

Uno de los números: la escritura/imagen de Luis Cabezas

 

Por: Isaías Cañizález Ángel (1)

Venezuela.

Nunca ha sido mi intención escribir sobre el quehacer literario tratando de mostrarme como un “crítico” ni mucho menos como una suerte de erudito. Eso es oficio de gente muy disciplinada y rigurosa, que sin decirlo puede auscultar los entramados de cualquier escenario vinculado a la literatura. Un verdadero crítico podrá avizorar el valor de una obra en la misma medida en que su genio va develando su sapiencia. Este no es mi caso. Yo solo me acerco a los textos, es decir, a los poemarios, a los relatos o a una novela, buscando los matices traslucidos, prístinos y contradictorios de la verdadera poesía. Esa pretensión suele, en muchas ocasiones, aparecer en el natural y desproporcionado amor por la obra de algún autor que no siempre cuenta con la aprobación de aquellos eruditos. He insistido, en disímiles ocasiones, que la literatura no se organiza en torno a las modas editoriales ni mucho menos en torno a las jerarquías impuestas por el mercado que ve al libro como una mera mercancía.

 

La poesía, aunque suene un tanto cursi, suele estar presente en los rincones menos inexplicables porque ella, así como el amor, tiene sus caprichos y sus formas particulares de hacerse palabra. No es la sapiencia de un dictamen editorial la que determina la calidad de una obra. Ejemplos miles, podríamos citar; pero, no es el asunto de estas líneas. Lo que quizás si merece la pena recordar es que la Poesía siempre estará por encima de esos absurdos mecanismos donde todo se clasifica, se organiza y luego se recicla. Esa visión acorta, sin duda, el panorama general de nuestras   letras. Las jerarquías literarias no solo son absurdas sino además rechazadas por los mismos creadores. Bueno, por aquellos a los que no les gana el egocentrismo...

 

En el caso que hoy nos ocupa, me es grato y placentero escribir no solo sobre un poemario sino también sobre un autor que ha tratado fielmente de acogerse a los principios profundos de la honestidad. Es decir, ese escritor que renuncia a los preciosismos del lenguaje y opta, afanosamente, por la desnudez, la rotunda y delirante desnudez de la palabra que no se esconde en artificios ni falsas abstracciones. Esta afirmación la hago porque en la poesía de Luis Cabezas Villegas, escritor boconés que ha tenido la gentiliza de invitarme a las páginas de su más reciente poemario, puedo encontrar un trabajo donde el lenguaje no solo es vehículo o tránsito de lo poético sino que también es un fin en sí mismo. Este texto, intitulado Números de uno, Editorial Venezolana (2012), lo vi por primera vez en las manos del poeta Cabezas una mañana en la que ambos ofrecimos un recital en nuestra querida Escuela Técnica Agropecuaria “Dr. Eusebio Baptista”, en Boconó. Para entonces, aquel trabajo fui leído, por Luis, en unas hojitas cuya enumeración de alguna forma desconcertó al público (al menos fue mi impresión) ya que las fue recitando sin ningún orden numérico (formal). Es decir, cada poema estaba siendo presentado al público en un manuscrito que seguía un particular y riguroso ritual en donde el orden de los factores, en este caso, no alteró el producto puesto que la sucesión de imágenes regalada, cedida, compartida por el poeta, dejó entrever una búsqueda particular de las inevitables contradicciones que gravitan frente a ese otro que se niega a sí mismo.

  Ignoro si los poemas leídos en aquella ocasión sobrevivieron al sempiterno recorte que se hace cuando ya se decide correr el riesgo de la publicación.  Pero, aún así, los que quedaron o fueron incluidos más tarde, nos han permitido explorar las dimensiones discursivas de una voz poética cuya abstracción nos permite acercarnos a metáforas muy bien edificadas:

 

Casi nunca me pierdo

en cualquier parte de esta casa

entro al y salgo del corredor

o viceversa

Puedo aquí detener

el reloj y acostumbrarme

al ruido de

cierta soledad, creo.

 

(Poema 6)

 

Todo ese juego simbólico nos atrapa a través de centellas que buscan romper con la natural cohesión de un poema anecdótico, entonces, se vuelca para dejarnos al filo de la duda, de la ambigüedad y es allí donde nace el velamen de formas de decir, de hacer poesía. A ello debemos agregar la presencia recurrente de un “yo” que persiste e insiste en nombrar y nombrarse mediante las ausencias de lo amado o la soledad a secas. Esa que hiere la piel; pero que acompaña cuando:

 

Regreso, y no estoy

huelo arriba el viento

y se mueve desde su

origen verde

Dialogo conmigo

Y escucho esas verdades,

nada menos

Puedo, entonces,

mirar que no soy tanto

Y la habitación

Se hace bosque

solamente

 

Estamos escuchando cómo esa poesía-imagen recurre a la fuerza de las rupturas propias de lo complejo, de lo que, aún siendo inasible, siembra arrebatos donde buscarse no es necesariamente el camino para encontrarse. El poeta ha renunciado a la lógica rítmica de la poesía que aspira a ser “entendida”.  Por ello, al visitar estos parajes,  se siente el paso del viento o presencia de la silla invisible donde ya no está ni la amada “ni la música esa, aquella que fue” (poema Cuarentaiocho) sino “Cierta hermosura de la nada” (poema cincuenta). Lo que nos hace pensar en ese escepticismo que hace catarsis, en medio de las fiebres nihilistas, con esa irrupción de imágenes tan bien diseñadas. He disfrutado impávido de esta lectura puesto que encuentro a un obrero de la palabra que a través de sus versos, nos deja el fragor de una poesía que estoy seguro apenas comienza a darnos lo mejor de su talento.

 

 

1  Poeta y docente. Es autor de Ceremonia de lo adverso (2003), premio municipal de poesía Boconó-  Trujillo; Profanaciones y derrotas (2010); Las ruinas de la casa (2010) premio nacional de poesía Fernando Paz Castillo; Las buenas razones (2011); Cuaderno palestino (2013).