No siempre hay salida cuando el fuego viene con fuerza y rabia a tragárselo todo

Sobre A  CORTA DISTANCIA  de Mónica Montero

Por Anita Montrosis

Los ghettos, su marginalidad y las ineludibles consecuencias pululan de un lado a otro, es un círculo vicioso incapaz de pisar el acelerador, a no ser que el caos urbano te liquide de un sólo golpe.

Al leer los cuentos A Corta Distancia de Mónica Montero, escritora San Bernardina, me acordé de Manuel Rojas. Me acordé de sus personajes y del famoso vaso de leche. No estoy comparando a la autora con este escritor, porque creo que nadie es comparable, sólo recordé ese vaso, y esa angustia de ser pobre en Chile, de toda la marginalidad de América Latina y en el mundo entero. La pobreza es una literatura dolorosa y recurrente en la geografía humana. Y en ocasiones es el síntoma y la causa para declarar guerras y dominio de naciones. No se puede jugar con la pobreza, como tampoco con los dolores y los sentimientos que nos atrapan en cada uno de los retratos de estos cuentos.

Mónica tiene el talento de lograr que desde el inicio nos vayamos involucrando en las escenas. La autora puntualiza el ambiente con sencillez y al mismo tiempo con bastante crudeza y cómo podría ser diferente, si relatara estos cuentos en forma elegante, no serían en absoluto creíbles. Al leerlo y releerlos el lector se alista en la piel del protagonista, siente una empatía con los personajes que por sí conllevan una pobreza material y espiritual, traspasada por la tristeza y su posterior suicidio, sus tropiezos con la muerte, con el maltrato, y la miseria. El lector se hace parte de este ghetto y llega a ser vulnerable ante tanta injusticia y abandono de los personajes de A Corta Distancia. Un abandono 50% social y 50% humano. Un abandono similar al grito escritural que no obedece patrones, y eso es lo agradable de esta narrativa, la desobediencia insolente de pararse dentro de un formato predecible en muchos casos y es acá que uno se pregunta y se responde, y ¿por qué no?. ¿Por qué la narradora desafía lo establecido? Porque sencillamente sus personajes son sórdidos y marginales, la respuesta es porque viven en los alrededores de la ciudad y la sociedad, son ellos(as) del bajo mundillo, como si serlo fuera tan extraño como no serlo. Como si este mundillo tan apartado,  sólo apareciera en los noticieros y en el manoseo de su carencia de linaje desde arriba y desde al lado, con lástima y con desgarro. Tampoco esa sociedad que lo mira con lupa y recelo hace de la política un espacio para acogerlos, al contrario la política vocifera en sus programas en una especie de cofradía simbólica, no le importa en realidad que esta lacra social cambie de ropa, porque así le llaman, una lacra marginal. Como decía no se hace nada sostenible para que cambie la miseria, la  pobreza, o la delincuencia. Al contrario pareciera que al mantenerla, crece el otro lado de la calle.

La autora, con su peculiaridad le da el respeto y el espacio que merecen cada uno de los personajes, en su mayoría mujeres, no en ese afán de enaltecer lo femenino, tampoco victimizarlo, sino que como lector repito nos involucra, una y otra vez hasta conseguir que comprendamos y hasta justifiquemos las decisiones dolorosas que todos sus personajes en situación extrema han determinado.

Provoca curiosidad la forma que tiene Mónica de crear el clímax, en gran parte inexistente y no lo digo, porque no exista, sino porque propone una especie de apogeo desde el principio que se va diluyendo o acentuando, luego enredando y posteriormente lo vuelve a incorporar en el remate. ¡Fantástico!. Montero tiene la audacia de jugar siempre con la palabra, así como con el misterio. No se va con cuentos, es directa, desafiante, segura en su lenguaje, para algunos podría ser algo inurbano el tono, para mi imperiosamente verídico, con un ritmo que alarga e inquieta y es ahí donde nos aprisiona hacia la continuidad de su narrativa.

A Corta distancia no es una estructura clásica, de esas con regla y algo imaginables, hasta en cierto modo innegable, que se explota a destajo en la narrativa, tanto chilena como latinoamericana. Seguramente, porque nos sentimos observados por el mundo literario hispano y no nos arriesgamos a lo misceláneo, o a las caricaturas de los personajes y sus metempsicosis.

Sus finales son por lo tanto previsible, diría más bien obvios. En ocasiones uno siente coraje de que los finales humanos sean así de fuertes, pero esto no es Alicia en el país de las maravillas, son mujeres maltratadas, vejadas, abusadas por el hábitat vehemente de la pobreza.

El gran aporte de ACorta distancia independiente de la temática, es la forma como la Mónica Montero plantea su narrativa. En los relatos la autora maneja una forma de decirnos, que no hay reglas, que estamos cansado de los mismo, que si bien es cierto, la miseria humana está más a la vista de lo que creemos, es la forma la que es una bofetada a todo sistema, tanto escritural como social. El formato funciona, perfecto o no, pero funciona y se mueve y eso se ojea páginas tras página, aunque detrás de la cortina hay historias sólidamente trabajadas.

 

El lenguaje siempre es bello hasta cuando un garabato es el único ventanal abierto, similar a las heridas, todas como observando a la fe, que se sienta a esperar la siguiente palabra.

 

 

 

                                                                                                  San Bernardo, 2013

 

Alberto Arvelo Ramos, Y todavía el viento. Obra poética (Edición y prólogo Rowena Hill), Mérida, Ediciones Actual / Ediciones El otro el mismo, 2010, pp. 138. ISBN: 978-980-11-6523-6 .

Por Víctor Daniel Albornoz

Y todavía el viento es un legado de Alberto Arvelo Ramos (Caracas 1936 - Mérida 2010), poeta, narrador, ensayista, músico, profesor de filosofía, pensador y activista político. El mismo autor produjo: Poemas de enero (1975); Juan Félix Sánchez (1981); Laguna (1983); El violín de los Andes (1991); En defensa de los insurrectos (1991); El cuatro (1993); El dilema del chavismo (1998); La bandola venezolana (2001), Honestidad (2005), Poemas del atardecer (2010), El matrimonio del cielo y el infierno de Willian Blake (2010), obras de diversos géneros que guardan la memoria de este importante intelectual venezolano.

Esta edición de Rowena Hill recoge dos poemarios del autor: Poemas de enero y Laguna, además de Poemas del atardecer, donde están plasmados poemas concebidos a principio de este siglo, cuando el poeta, como dice el prólogo de Rowena Hill: “se había retirado de la vida activa”. Además de los tres poemarios, el libro nos ofrece un interesante prólogo de Rowena Hill, y en el final una semblanza del autor por Jorge Chacín.

A lo largo del libro puede advertirse la evolución de la búsqueda del poeta en la expresión por la palabra. Poemas de enero y Laguna son el reflejo de una búsqueda irreverente que pretende que la poesía no se agote en la palabra y que “sea excavaciones en el silencio, que saque pedazos del sentido vivo, el que solo se desnuda ante el paisaje total de lo no dicho” (p. 43). Así como también puede observarse cómo retumba la fuerza expresiva de la poeticidad que invita y reta a “desbordarnos hacia la lengua viva. Esa que está más abajo del español” (p. 45), para buscar dentro de ese yo poético de cada quien:

 

Cada quien encontrará a solas

El infierno que cae

En cada hoja que cae (p.65).

 

Su poesía es búsqueda de expresión de algo distinto, de la verdadera identidad de los hablantes de nuestra lengua: “La poesía de aquí tiene que ser eso, balbucir la vida distinta, la nueva vida, que es justamente la vieja que nos han venido quitando” (p. 44). Y en esa misma medida sus reflexiones sobre el lenguaje lo confrontan con su intención desesperada de decir lo que las palabras del español no le dejan decir: “Tú, español, me dueles, pobre lengua. ¡Es tanto lo que tienes que aprender a decir! (p. 45)

 

En otras ocasiones la búsqueda del sentido sinsentido se apoya en las formas sintácticas y la cadencia para expresar eso que dice y no dice:

 

Me derrumbo tranquilo como hojas

Me casi si debajo de ti

tan solo hubiera

murmullos sin de dónde

 

Me casi si debajo de ti

tan solo

las piedras sin pupilas (p. 17).

 

Otras veces el misticismo, como en la apertura de Laguna, donde narra su encantamiento por una laguna en los páramos donde habitaron Juan Félix Sánchez y el arriero Cecilio (p. 51), nos envuelven en una atmósfera de misterios naturales ajenos al hombre, pero experimentados por el poeta.

 

Poemas del atardecer, por su lado, es el reflejo de otra etapa del poeta, repleta de madurez de la reflexión:

 

En momento extremo de mi reino,

voy a confesar que algunos de mis asesinos

me han asesinado demasiado adentro (p. 102).

 

en otras ocasiones el poeta nos deleita con la palabra precisa, la cadencia musical más perfecta del octosílabo español en cuartetos:

 

De mi vida mitad fue

tinieblas en luz del día

la mitad que te esperaba

cuando no te conocía (p. 104).

 

Sin embargo, muchos elementos reúnen como una sola esta producción poética, a lo largo de toda ella están presentes elementos comunes que le dan cohesión y coherencia al discurso poético. Tópicos como la muerte y el amor, como los elementos naturales: rocas, hojas, viento, árboles, y tópicos de los elementos como el fuego, la tierra, el aire, y, por sobre todo, el agua están latentes en todo el libro. El agua es aquello que el poeta torna más recurrente. Hay algo del reflejo del yo inmutable en el agua estancada en las lagunas, pero también del yo a veces cambiante, a veces circular, en el agua del río. Pero hay más, el agua también es el beber, el diluvio, la gota, el rocío, la lluvia, el manantial, el desierto y la sed.

Tendrá el lector en sus manos un libro de poesía compleja que invita a pensarse y repensarse por la palabra y más allá de la palabra, en la acción.

 

 

 

Víctor Daniel Albornoz

Universidad de los Andes, Mérida

 

 

 

Acercamiento a “7…” de Jorge Alberto Flores Inga (Muquiyauyo- Junín, 1983)

Por Ana Montrosis

“7…” es el primer libro del joven poeta Jorge Flores publicado por (Paracaídas Editores, Lima 2011) y 7… es el primer libro que he visto salir con ese agradable aroma a libro recién concebido.

Cuando visité Perú, en noviembre de este año como poeta invitada al V festival internacional de poesía “Cielo Abierto” 2011, pude conocer  a diferentes poetas, entre ellos a Jorge Flores Inga de Lima, con quién tuve la suerte de leer en varias mesas y detenerme a escuchar la sencillez del sonido de sus poemas.

Siempre que un poeta recibe un libro recién salido de la imprenta es un regalo y cuando ese regalo es agradable a los sentidos tiene múltiples  virtudes, más aún si ese regalo tiene la intención de ser guardado para toda la vida, eso se llama tesoro y Siete es un tesoro comprimido en 29  páginas con vocabulario incluido, así es con vocabulario incluido como usted bien lee, porque este libro pese a llamarse Siete contiene sólo ocho poemas y el número cero tiene la particularidad de ser un poema donde cada vocablo es una creación dentro de otra. El autor formula un poema con mensajes propios, con sonidos propios. Aquí es cuando el libro acrecienta mi sorpresa, al vislumbrar como Jorge Flores crea un poema donde cada palabra es única y la justificación del vocabulario excelsamente original.

En cuanto a la forma Siete no se deja escapar ni en palabra, ni en estética. El poeta se arriesga con una formula afinada hasta la medula donde los sonidos son siete poemas como notas musicales, más un cero elaborado, un poema ordenado para funcionar como funciona el amor, el cuerpo, el universo de la poesía.

Lo meritorio de este libro es que si descomponemos el poemario o si lo leemos en forma desordenada, no altera la creatividad del acto poético, porque la temática amatoria permite el desliz lírico para detenernos en las imágenes y en ese juego previamente delineado por Flores que es ajustado siempre con astucia, entonces se comprueba la tesis de que “ el orden no altera el producto”, un orden a simple vista exacto, pero cuyo mensaje cíclico y intrínseco se desnuda hoja a hoja, verso a verso como si los números y el amor tuvieran sentido y me atrevo a afirmar que aquí lo tiene, por supuesto con la vivacidad que el autor compone.

Este libro es un siete, una apuesta musical alta, una afirmación en el altar, un Siete impecable en escritura y plácido en lo temática, pues a modo de crítica constructiva señalo: A la poesía latinoamericana bastante falta le hace componer poesía rigurosa y con profundo contenido amoroso, como es 7…, poemario algo inusual en las primeras obras de los jóvenes escritores, que si bien cierto la mayoría se atreven y además se dejan oír por el ruidillo de la ciudad o de su propio yo poético, pocos apuestan a un riesgo épicamente matemático como lo hace Jorge Flores.

 

 

                                                                               30 Noviembre 2011, San Bernardo Chile

 

 

Reseña sobre la Brevísima Antología Arbitraria Me Arde

Por: Miladis Hernández Acosta

Todos somos advenedizos frente al amor. Nadie posee un guión, un catálogo, un manual preconcebido, ni la sapiencia tangible para domeñar a Eros. El amor no tiene-ideas, no tiene-excusas: extraña fuerza, forjada de combinatorias; inflamable interacción que demarca y altera cualquier orden posible. Caos perenne que vigoriza las entrañas. Sólo la poesía cristaliza y reacomoda. Sólo la poesía ensancha las pérdidas o las ganancias. Sopesa lo que en el alma duele. Nos enseña que nadie está solo.

Esta compilación lo demuestra: “Me Arde, Brevísima Antología Arbitraria” sustentada por autores de Ecuador y Colombia señala los derroteros. Las voces que concurren procrean un tejido nuevo, ofrecen plurales versiones de un mismo fenómeno. Transmisible expresividad en disímiles contextos. Presencias exhumadas de sí mismas en verbi gratia donde los sentimientos apelan a su verdad. Reverso y anverso de otros horizontes donde la piel esplende y los corazones se bifurcan hacia una misma latitud.

Es un voyage de dos naciones, el resultado del siete, peritextualidad de una suma: comunidad de catorce códigos alterados que interactúan, bordean y se apacientan con móviles discursos latentes. Exaltaciones de la memoria, del tiempo, de la arrancada naturaleza, (el sol y la luna y viceversa), equinoccio único donde la historia, los objetos vivenciales, el discurrir diario, el placer reservado, el acto procaz, y la geografía de los cuerpos han cifrado su pathos. Presencias enajenables se conexionan para incidir en lo inexorablemente bello.

Tensiones, líneas francas, anímicas descripciones, atmósferas de simultáneas experiencias. Catarsis o específicas variaciones donde la imagen abarca una expansión temible que registra el ya famoso estribillo latinoamericano… “Nadie puede, ni nadie debe vivir sin amor”.

Yo prefiero callar, abrazar el paso de estas voces narrantes. Avanzar y acompañarlos también, parafraseando los versos de Juan Ramón Jiménez… “Los que viven tranquilos pueden ver en tus ojos la primavera de mi oscuridad, el color conmovido de un mundo que no duerme”. Ese mundo de insomnio es el amor. ¿Mañana despertaremos?

 

Miladis Hernández Acosta.

Cuba.

Julio de 2011.