Annel del Mar Mejías Guiza nació en Barinas, Venezuela, el 18 de mayo de 1979. Licenciada en comunicación social, mención periodismo impresa, egresada de la Universidad del Zulia. Se ha desempeñado como corresponsal del diario Correo del Orinoco y Panorama. Entre los reconocimientos que ha recibido se destacan el Premio Nacional de Periodismo en 2003 con la serie "81 días en crisis, consecuencias del paro petrolero", y en 2005 con mención honorífica, por los trabajos "La lemna invadió el Lago de Maracaibo". Ganó el Premio de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores 2011, mención narrativa, con el libro de cuentos Mapas de Sangre.

de Mapas de Sangre

Abejorro

 

Ayer dejaste tus labios en mis dientes y una oruga de abejorro en mi garganta. Y te fuiste, bajo la sombra alargada del abandono, enredado en mi tufo de mujer en celo. Sabías que ibas a llorar frente a mi rostro manso, tratando de enjabonar mis culpas. Sabías que me encogería en tu pecho para no abrumarte con mi olor. Pero levantaste tu mirada de bucanero, se ensancharon las alas circulares de tu nariz. Y me encontraste absorta en mis cavilaciones, tejiendo los enredos de mis enojos en tu cabello gris. Y partiste, dejando el cuero tieso de tus pies en las paredes del cuarto. Hoy descubrí tu rastro de animal ausente en mi cama. Estabas de medio lado, hablando dormido. Y me contaste tu vida de muchachito. Y zigzagueaste en mi vientre para dibujarme tu estómago de mango verde. Cuando despertaste, abrí mis manos de vidrio y te ofrecí mi sexo de orquídea. Te acercaste despacio, muy despacio, despacito y comenzaste a lamer lentamente mi cuello largo. Sostuve por un rato tu espalda para dejarte caer sobre mí. Al final, te devolví los labios ensangrentados y escupí el zumbido del abejorro para que te temblara la voz cuando volvieras a pronunciar mi nombre.

 

 

Cazada

 

Ayer mi gata se comió un pájaro en el baño. Hoy veía las plumas esparcidas por el piso mientras lloraba. El amor se colaba entre mis dedos y caía sobre las plumas. Estaba abierta como el grifo de la regadera. Abierta y rota, en el estómago voraz de mi marido duermo la siesta del enemigo. Seca, rota y muerta.

 

 

Formol

 

El caletero. Así lo llamaban. En la mañana, cuando llegaba el tropel de camiones a descargar en la bodega Siete Machos, se montaba en la espalda dos sacos de harina y, mirando de reojo el suelo, los llevaba hacia el depósito. Vivía al lado de mi casa. Siempre le pegaba a su mujer. Se escuchaban los gritos: ahhhh… ahhhh… noooo… Sus hijos veían.

Papá murió. Estaba pálido, tibio, petrificado, serio. Todos lloraban en la sala, frente a la cama donde estaba acostado. No había dinero. Mamá pedía prestado para comprar la urna. Y llegó el caletero.

- Hay que ponerle formol –dijo.

Cerraron las puertas de la sala. Se oscureció la mañana. Un pote blanco con formol, una inyectadora con una espada como aguja y la cara curtida del caletero.

- ¡Sálganse todos! –gritó.

Yo estaba adentro, en el rincón donde mamá cosía. Nadie sabía. Desnudaron a papá. Ya estaba frío. El caletero levantó la aguja y se la clavó en el pecho, justo en el corazón. Papá no se movió: estaba inerte.

- Ya no te pudres, viejo –le susurró al oído, mientras le daba una palmadita en el hombro.

Él se fue a tomar café y yo me robé el pote de formol, porque desde ese día comprendí que uno va a los pueblos a podrirse.

 

Carolina Lozada (Valera, Venezuela 1974). Licenciada en letras mención lengua y literatura hispanoamericana y venezolana (Universidad de Los Andes, ULA, Mérida). Es investigadora de la Cinemateca Nacional. Ganadora del I Certamen Internacional de Relato Breve “El País Literario” con el cuento “Viejo bar. Viejo tango” (Madrid, 2005); del Premio Municipal de Narrativa Oswaldo Trejo por el libro de relatos Memorias de azotea (Mérida, 2006) y del Premio Nacional de Narrativa Solar por su libro Adictos y transeúntes (Mérida, 2007). Además, su libro Historias de mujeres y ciudades obtuvo mención publicación en el I Certamen de Narrativa Salvador Garmendia (Caracas, 2006) y mención de honor en el II Concurso de Narrativa Antonio Márquez Salas de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, 2005), y Los cuentos de Natalia obtuvo mención publicación en el II Certamen de Narrativa Salvador Garmendia (Caracas, 2007).

 

Selección por Gladys Mendía del libro Los cuentos de Natalia

La bruja

 

 

Cierra las cortinas para comenzar el conjuro. Lo acuesta en la cama, le abre la camisa, le ausculta el corazón, aun está vivo. Le pide que cierre los ojos y que no los abra hasta que ella se lo ordene. Se aproxima a su bolsa y entre pequeñas botellas de distintos colores saca una de aspecto alquimista y azul como fluidos eléctricos. Pasa frente al espejo y este le devuelve, apenas, un reflejo de sus movimientos. Se acerca al hombre, él abre la boca y ella entra en forma de fluido. Hombre moribundo por dentro, espacio rojo y nocturno, reducto de la acumulación del tiempo. Hombre ajeno a cualquier pertenencia, simiente de manifestaciones telúricas. La bruja se detiene a explorar cada molécula incrustada en el cuerpo sobre la cama. Huele, toca, escucha. Sobre el techo se acomoda la noche, se oyen pasos con música. Ella murmura encantamientos, palabras que el viento disuelve con la boca. Él se mueve, ahora es el hombre que está dentro de ella. Dos manos que explorar dos pechos menudos, una mano que se coloca en el centro y lo cuida celosamente. Un espasmo químico que intenta abrir los ojos del hombre, pero que ella cierra con sus labios. Desde adentro se ven subterráneos de luces y firmamentos con lunas llenas y cuartos menguantes. La palabra sale ahogada de la boca en una lengua que no existe. Amor. Dios. Sí. Mátame. Ella le pide que abra los ojos. El hombre va abriendo su mirada y una sonrisa le devuelve su vitalidad. Él puede entrever en medio de las persianas de sus párpados cómo ella, con su mano, le clava el corazón. Pronto la bruja se disuelve en el espejo, la habitación queda a oscuras con el sonido de un corazón agonizante.

 

DIANA ZAVALA (Jipijapa – Ecuador, 1983). Es autora de  los libros de relatos Carne Tierna y otros platos, Breve(r)dades, coautora de Soledumbre y Minicuentos de Autores Ecuatorianos. Es consultora en comunicación, cronista freelancer, integra el colectivo literario ClanDestino.

Bruma

 

Me espera en la esquina de cualquier dirección para que lo vea reír. Su boca deforme y su carcajada silente me alteran, los labios tienen el color de la sangre coagulada y cuando se estiran la saliva se escurre por la barbilla y forma en el piso una laguna que nos refleja. Le he rogado que no lo haga y me responde agitando de izquierda a derecha su cabeza acuosa y gigante. Intento agarrarlo para obligarlo a parar, pero la bruma lo esconde y lo muestra en un juego tortuoso. Él sabe que estoy mal y lo disfruta balanceándose en los trapecios helados de mi conciencia.

 

 

Alacranes

 

Todos los días se amputan piernas, brazos, se sacan ojos. Cada vez hay más hombres-muletas- hombres-sillas- hombres-prótesis. Son los new androides y no olvidan ni al miembro ausente ni a los médicos y sus sierras. Por la ciudad se escucharán sus pasos muertos y cuando el victimario de bata blanca se hinque y busque la mirada redentora solo encontrará vidrio, y cuando se apoye en el<< te salvé la vida>> haremos que calce nuestros zapatos. Aún caminan por mí los alacranes del desvelo.

 

 

 

Coitus Camerino

 

Mi primera vez huele a mierda de cucaracha,  a humedad de sótano.  Llovía aquella mañana,  lo único que a Yumber le quedaba en el bolsillo era la llave de uno de los  camerinos del teatro. Habituado a la negrura bajaba seguro manoseándome las nalgas,  yo a tientas.   Sin dificultad le halló el hueco al candado, pulsó el interruptor, casi convencido de que la bombilla estaba quemada, la luz alborotó a los murciélagos. En las paredes se amaban salamanquesas cantoras, polillas  devoraban el armario, había polvo en las máscaras y en los  transpirados atuendos de personajes.

-¿Hace cuánto que no limpian?, pregunté asqueada.

-Hace un año, desde la función de despedida.

No pregunté más,  hablar del fracaso de la compañía era recordarle que era un fracasado, recordar que ese sería mi marido.  Tendió una capa roja en el piso y me desvistió con promesas de que ya no dolería.  Dos semanas antes me había roto en una casa de campo abandonada, ese día entró a-penas la punta.  Al ver la sangre me desquicié, hice mía la cantaleta materna sobre la honra.  Yumber calmó mis nervios jurando que se casaría conmigo.  Eso sí, aclaró que era preciso consumar para saber si éramos compatibles.

 

Un espejo roto reflejó el subibaja de mi primera cópula. No era lo que había deseado, me repugnaban las cucarachas cascarudas, la rata gris, la lujuria de los saurios.

-          Somos compatibles, ¿verdad que sí?

-          Nena, para llegar al altar falta explorar otra ruta. ¿Me hago entender?

Lloré a grandes muecas silentes, para no verlas apagó la luz.  Frustrados murciélagos sobrevolaron la escena sin sangre.