V

Las palabras estuvieron antes que tú al borde del brocal,
tendidas en una marea sonora diciéndote a ti y a tu cuerpo,
poseyendo tu nombre.
Sin duda otro tiempo
donde volaban quietas las aves
y el gesto de la luz era la terca lucidez de la permanencia,
tiempo en que el verano anunciaba las particularidades del fuego
cuando su piedad era la procesión interminable de los días
con sus desgastados filtros y reflejos.

Al borde del brocal, las palabras
que eran y son tiempo, iban en ondas grávidas
delatando al doble de tu rostro:
el que eras con la mirada perdida
tras el alucinante envejecimiento de los marcos
o el que con labios heridos
sabía que el sufrimiento era la lluvia que hendía al ciruelo.
Pero todo ese conocimiento que creías poseer en la mudez infantil
se encontraba dicho en la aspereza del recuerdo
convertida en esa identidad temible que adviene con el sueño.

Y si las imágenes eran lo dicho, su ser era silencio
aún en la presencia recogida entre dedos
como esa arenilla que invocaba aquel amanecer
de extrañeza y claridad,
amanecer antes de la música
antes de cualquier mirada o murmullo humano
antes del tiempo asumido como penitencia.

Las palabras dijeron tu cuerpo
sin duda, pero no eran él
ni poseyeron entonces el agua pardusca
con la que ahora crees decirte.

Hubo otro tiempo de confluencia,
de caminos encontrados al final del verano,
otras preguntas que tejieron pensamientos
a las cosas y a nosotros, donde el gesto de la luz
era la terca lucidez de la permanencia.


Ismael Gavilán

 

 

Mi Pueblo Querido


Fuiste tierra desierta por miles de años,
tostada por soles que te besaron sin tregua.
Leguas ariscas y siglos de espera
guarecidos en el vientre de la historia
fueron perfumados por espinillos en flor.
Tu tierra fue alumbrados por lunas llenas.
Los cocuyos, poetas nocturnos,
y las cigarras, cantoras del día,
anticiparon tu feliz nacimiento.
Lluvias profusas humedecieron tus tiempos;
y los campos rompieron su espalda
para que corran los arroyos sinuosos
en cuyos brazos despertaría el poblado.
Y llegaron carros y gentes y fuerzas.
La tierra bebió el sudor del trabajo.
El trigo dorado nació con tu firma;
la excelencia se matriculó en tu historia.
Y avanza tu andar, con desafíos nuevos.
Pasan los efluvios del tiempo.
Hoy, solemne, guardas en tu entraña
las carnes gastadas de tus fundadores.
Y luego, bajo los sauces serenos y extensos,
también se unirán mis huesos
con los huesos de los hijos del pueblo
junto a la pausa de charrúas* antiguos,
y de extranjeros devueltos al polvo.
Después del silencio, viviremos de nuevo
ante la inconfundible voz del Eterno.
*Aborígenes que habitaban en la
provincia de Entre Ríos, Argentina

René Rogelio Smith

 

 

El Asunto de la Clepsidra


El tiempo,
tiene agujas de reloj
que se clavan en la frente del culpable.
A la izquierda, Poseidón
se presiente hasta las “nueve”.
A la derecha:
no hay regreso.
Bien sabía Dalí de los relojes blandos:
- se deshacen en la mano -.
Gota amarilla, azul, y verde.
Gota escindida en la caída.
Las huellas del vestigio amordazado,
yacen inermes al asunto del tiempo.
Gota índigo, indigente…
Gota falaz,
¡que aguarda la clepsidra!

William Akcoo

 

 

Cuando Era Hombre


Para José Angel Rodríguez , Gerardo Otríz, Giovanni Proiettis, John Oliver Simón, Juan Blasco, Juan Ascencio, Jack Hirschman, Paul Landry, Rodrigo Núñez, José Martínez Torres, Carter Wilson, John Burstein, José Ignañcio Ruiz de Francisco, William Blake, Pancho Álvarez, Ayub Barquete Lope, César Meraz, Robero Laughlin, Humberto Pérez Matus, Hermann Bellingauasen, Miguel Ángel Godínez, Charles Bukowski, Javier Molina, Raúl Garduño, Jaime Sabines y Joaquín Vásquez Aguilar,
hermanos y musas.
CUANDO ERA HOMBRE vivía en San Cristóbal. Arriba de la montaña, al sur, frontera con Guatemala, en un lugar donde tocan arpa. Antiguo crucero en los caminos blancos de los mayas. Anduve calles empedradas. Caminé por la niebla. Me enamoré varias veces.

Ahora que soy mujer, cuando subo en un taxi, el chofer me pregunta:

-¿Usted no es de aquí, verdad?

Yo le contesto: -Soy orgullosamente mexicana.

-¿Te casaste con un mexicano, verdad? -me acusa con morbosidad.

-Sí, señor -le digo-. Con varios.

Tengo una amiga que estaba casada con el Santo, el enmascarado de plata. Salía en todas sus películas. Guapa, rubia. Ahora es escritora destacada pero jamás escribe acerca del luchador. Es como yo que nunca hablo de mis otras vidas. No menciono a mi tío en Chattanooga, igual como la abuela cambia el tema a los que preguntan acerca de los cherokees en la familia.

-¿Son finos o corrientes? -quiere saber la señora de la tienda. El jabón de Castilla es de calidad, para los que se bañan, o apestan.

El olor del dinero blanquea la piel, ensuavece los prejuicios, enaltece al cliente.

-Bueno, pero, ¿tú vas a sus dentistas? ¿Dejas que te saquen sangre, piojos, hijas? ¿Lees libros escritos por lesbianas?


*


-PUES, SÍ, señor, hace años me vine para acá, fui para allá. No nací aquí. Me acosté con muchos cuerpos. Hombres que ahora encuentro en la calle, caminando hacia mí en la otra acera. Reconozco algunos con quienes he estado en la oscuridad desnuda. Casi no nos vemos ya.

Sí, señor, me acuerdo de cada uno. Muchos tenían el mismo nombre. Esto era lo raro: Sin cruzar palabra, al instante, me daba cuenta -a las dos cuadras- si el desconocido se llamaba R-.

R- es una manera de andar, una mirada, una de las grandes razas. Uno de los R-, el primero de todos, el que dejé cuando me cambié para acá, pues ése -después de veinte años de esperarme- se volvió a casar con otra que se llama igual que yo. Munda. Esto sí es cierto. Yo lo viví.

Recorrí todo el abecedario. Desde los A-, hasta los B-, los C-. Había un D- que olía a caoba, un F- de pito dulce, un H- salado. Los J- suelen cantar en la cama, los K- recitan versos. Un L- en una hamaca de la tierra caliente...

Me esmero en acordarme de sus nombres. ¡Da pena equivocarse en el momento del placer y gritar ¡M-! en vez de ¡N-! Para no complicarme la vida casi siempre me conformo con los R-. Les fui muy fiel. A todos.

Nunca permito que los taxistas me sigan entrevistando una vez que llegamos al asunto de mis matrimonios. Simplemente me callo y los dejo con su vergüenza en la boca. Jamás tocamos las preguntas morbosas que les hierven por dentro.

-¿De qué color tiene ella los vellos de su panochita? -oí que preguntaban unos indios al chofer, señalándome con su mirada.

Cuando era niño me gustaban las rubias. Ya que soy mayor las gringas me dicen Negro. Cuando voy en la calle con mi hija y su madre, todos se vuelven para averiguar si salió saltapatrás o güera.


*


Me sorprende cómo personas que yo considero revolucionarias en muchos de los frentes pueden estar hipnotizadas por los prejuicios de cajón.

Algunos, cuando me conocen en persona, se indignan: ¿A poco usted es Munda Tostón?

Como si yo misma hubiera secuestrado a mi verdadero yo y me estuviera engañando.

Mientras nos carteamos, les caigo bien, antes de ver mi rostro o conocer mi voz. Vienen a buscarme. Tocan a la puerta varias veces. Vuelven, dejan recados.

Cara a cara con mis admiradores, por fin, veo que no les agrada lo azul de mis ojos. Mi acento les repugna. Están furiosos.

-No nos saludan cuando caminamos por la calle. No nos dicen buenos días ni nada. Como si fuéramos perros.

Todos somos terroristas en la novela policiaca de Gush, y para muchos de mis amigos de la izquierda soy de la CIA. Según cuentan, además, rica. Me traen odio en sus miradas, como un puñal en el culo. Apenas un tufito de racismo. No el rencor de los que linchan, sino quizá el desprecio de los que violan a las criaturas.

-¿De dónde eres? -me preguntan.

¿De qué mundo, qué munda?

Una noche en una casa de lodo una mujer india me palpó por todo mi cuerpo, como amansando a un animal.

-Eres mujer -me dijo por fin-. Hasta podías tener hijos.

Viajo en átomos de hierro que migran de planta a animal a tierra.

Parvadas de mariposas negras giran alrededor de los faros del centro. Dicen que nos traen saludos de la muerte. Su vida dura sólo una noche. Se les acaban sus alas y quedan aplastadas bajo los carros.

La ciudad contaba con apenas dos autos cuando llegué aquí. Tenía mis muelas intactas en ese entonces; las caries han ido aumentando a la par del tráfico. El deterioro de mi sonrisa refleja la destrucción de la arquitectura. Diente por diente, piedra por piedra, nos estamos cayendo en la ruina. Cuando cavaron el estacionamiento bajo la Catedral, el mero Satanás me hizo la endodoncia.

Cuando empezó el mundo, los dioses vivían en San Cristóbal. Ahí nació el árbol de la vida, brotaron el canto, la poesía, la pintura. La codicia y el bacanal. Talaron el árbol de la vida, brotó la sangre del árbol sagrado y en el fluir de su vitalidad surgió el tiempo. Nacieron el pasado y el futuro.

Cuando era hombre iba al Café Central para ligar a las gringas. Una güerita de ojo azul vendía ámbar en las mesas de atrás. Lo llevaba en una canasta. Esto era mucho antes de que las niñas de Chamula empezaran a tejer pulseritas. Las francesas compraban aretes, las italianas collares. Los mayas buscaban talismanes contra el mal de ojo. Manitas de ámbar rojo, corazones.

-¿Quieres ver una araña prehistórica? -me pregunta la gringa-. Mira la mariposita atrapada en el ámbar... éste no lo vendo. ¿Ves cómo vuela tras la luz?


*

EL VUELO a Chiapas se demora. Los pilotos están en huelga. Los aviones permanecen en tierra. Mi amiga y yo dormimos una noche en la alfombra del aeropuerto. A la mañana llamamos a una tal Fausta para ver si podíamos tomar un baño en su casa. Vengan para acá -nos invitó muy cristianamente-. Tengo buen material de lectura. Agarramos un taxi en la calle, uno destos, piratas.

-¿A dónde van, güeritas? -nos preguntó el chofer.

-Nos vamos a Chiapas -le dije riendo.

-Yo las llevo.

Esto nos pareció tan de cuento a mi amiga y a mí que de golpe aceptamos la oferta.

-Las llevo por la mitad de lo que les costó el boleto de avión -nos propuso el tipo, bien cuate-, al cabo me sirve de paseo.

Ya era tarde cuando salimos de la Ciudad de México. Antes de Puebla se hizo de noche. Venía con nosotros el cuñado del chofer, «para cualquier cosa». Nadie hablaba. Empezaba a brillar en la oscuridad una calacota que colgaba del espejo. Cuando nos paramos en una gasolinera me fijé que los asientos del taxi estaban tapizados con tela roja y negra estampada de calaveras ensangrentadas.

Mi amiga y yo nos miramos. La adrenalina del asunto nos traía fregadas. Me controlé la neura hasta que empezaron a comprar los six. Eso fue ya en Veracruz y nos ofrecieron chelas, pero les dijimos que no, gracias.

La carretera estaba muy desolada, desas en la selva donde sopla un aliento tibio a la media noche y las chicharras entonan sus arpas.

La frontera entre el Bien y el Mal no existe en ningún lugar geográfico, sino que divide en dos el corazón de cada ser humano, según Soljenitsyn.

-¿Todos los indios son buenos, verdad? -me susurró en el oído mi amiga.

-¡Buenisimos! -le dije, acordándome de X-, Y- y Z-.

El taxista empezó a contar que sus padres hablaban alguna lengua que no le enseñaron por vergüenza. Salieron del campo y fueron a la Ciudad de México donde trabajaron como cargadores. Nos empezaba a contar la historia de su vida. Apenas nos habíamos conocido afuera del aeropuerto international y ya nos ibamos juntos a San Cristóbal. No sabíamos que estaba tan lejos.

Toda la noche pasamos por la tierra caliente. Una sinfonía de cigarras, estrellas fugaces, cañaverales incendiados. Nos despertamos en plena costa. Era la época de mango.

-En otra vida yo tenía el cabello negro. –dijo mi amiga en voz alta. Era un muchacho de bigotes, un analfabeto. Tenía miedo de los gays. ¡Claro que me acuerdo!

El chofer ya venía asustado, viendo tantos indios con sus machetes y sus coas. Las mujeres con cargas de iguanas en la cabeza. Confesó que nunca antes había salido a carretera. Ya se quería regresar al DF.

*

-Sí, señor, llegué aquí hace muchos años sin saber a dónde me iba. Venimos de lejos, muy lejos. En un taxi como ese de usted. Nos paramos en Tuxtla bajo un sol calcinante. Preguntamos por San Cristóbal.

-Sí -nos dijo un viejo, señalando a la Sierra-. Les falta hora y media para La Ciudad Más Alta. Allá arriba hay manzanas, orquídeas de la tierra fría. Montes de musgo y roble. Los brujos queman incienso. Dicen que ahí son poetas todos, hasta comprobar lo contrario.

Cuando era hombre nunca se me ocurrió violar a una mujer. Yo quería que me lo hicieran a mí. Que me manosearan las gabachas, destas que puedes ligar en San Cristóbal. Conocí a una que me dejó su dirección. Ella iba pidiendo aventón por toda la República Mexicana. Sola, en camiones grandes.


Cuando era niña pensé que María Emma era de chocolate y yo de vainilla. Los meses iban girando contra reloj y los números eran de colores. Existía un dios que plantaba la semilla de un hijo en las mujeres enamoradas. Su lengua corría por todo mi cuerpo, hasta el clítoris, mientras rezaba a los ángeles.


*


No me acuerdo cuándo era hombre. Sólo sé que quería ser mujer para luego volverme puta. Y creo que las gringas pagaban para acariciarme.


*


Me transformo como nube. San Cristóbal es mi crisálida. ¿Cuántos años tengo que permanecer aquí para poder volar?

 

Ambar Past

 

 

Porque aún te amo

Ya no importa si te amo o si me amas
tampoco importa si ya no eres mío
si en mis ojos hay sólo lejanías
si la tristeza anidó en mi pecho
si soy tan solo soledad y olvido.
En el vacío de las horas muertas
se marchitaron de las flores sus capullos
las flores de ilusión que fueron nuestras
el canto del ruiseñor tan tuyo y mío.
La luna eclipsó su luz de enero
en doliente y distante travesía,
nunca supe el porqué de aquel desvelo
que signaba mis noches y tus días.
Tuve que desandar tantos senderos
en pos de esos recuerdos que huían
y sellaban mis labios con el beso
que fue fuego de pasión en otros días,
y en ese silencio de verso cansado
cansado de sueños que anidan muy dentro
sueños que han quedado en páginas bancas
y hoy duermen silentes en mi pobre pecho.
Sueños que no quieren desplegar sus alas
y llenar los aires de ardientes deseos,
porque se esfumaron por azules cielos
y quedaron truncos en tímidos versos.
Quizás en tus ojos aún quedan destellos
de aquellas auroras de amores teñidas
cuando compartíamos las horas más bellas
tiernos exponentes de un mundo ya ido.
Porque aún te amo y guardo tus besos
en la piel cansada de tantos silencios
quiero asir las auras de tibias auroras
de este mundo mío tan lleno de ensueños
que pueda decirte, aunque estés distante
trémula de angustia:”yo aún te quiero”.

 

Amalia de Zaragoza.